La colonia Narvarte tiene entre su paisaje los cadáveres de varias palmeras. Al principio estaba muy distraída como para notarlo; sumida en lo ordinario y en el reclamo del cielo —casi maternal— por no haber llevado paraguas. Pero el hecho estaba ahí, imposible de pasar inadvertido: en esta colonia hay muchas palmeras difuntas. Ellas llevan muertas desde la misma época que la de Reforma, pero como no son celebridades, siguen exhibiendo sus hojas muertas. Ya ni siquiera amarillas, como si se tratara de un tzompantli urbano.
Cafés y escuálidas, sus hojas caen como la mano de quien ha exhalado el último aliento.
Por ahora, a algunas se les ha amputado una parte de sí mismas: la cabeza, los cabellos, o medio cuerpo. En sus restos cuelgan bolsas de basura. Las aves —no carroñeras ni en busca de un difunto, sino simples gorrioncitos y palomas— encontraron refugio en ellas, como si no supieran que su nido improvisado es donde queda el vestigio de una vida apagada, de un ornamento podrido, testigo del ataque mortífero de un hongo de pudrición rosada. De eso, y de cuántos tufos de esmog y falta de lluvias habrán resentido el verde de sus hojas.
Si fueran perros muertos, “échenles cal”, “pónganles perfume”, “quítenlos de ahí, que se va a apestar”; pero son palmas muertas y su destino es que el paisaje de la colonia, por Dr. Vertiz, Cumbres de Maltrata y diagonal San Antonio se convierta en una fosa común vegetal. Su muerte será parte de lo distinto —como lo fue en vida su follaje— a otros árboles de la ciudad; quedarán simplemente allí, negadas a la santa sepultura.
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