Hay un árbol que no sé nombrar, pero lo abrazo cada vez que vuelvo a ese parque. Su corteza está agrietada, como si guardara la memoria de todos los que han llorado a su sombra.
No sé si es un fresno, un pirul, o una ceiba cansada. Solo sé que me ha visto romperme sin decir nada. Ese árbol no me habla, pero lo entiendo.
Cuando nadie tenía tiempo para escuchar, cuando la ciudad hacía ruido pero nadie preguntaba cómo estaba, él seguía ahí.
No me juzgó por rendirme, por sentarme en la banqueta con los ojos nublados, por quedarme callado sin querer existir.
Hay árboles que migran sin moverse: cobijan a quienes se sienten exiliados de todo. Ese, el mío, me sostuvo cuando mis raíces eran solo preguntas.
Me enseñó que uno puede florecer aunque no esté en primavera, que el silencio también es compañía, y que hay sombras que no apagan la luz, sino que protegen.
No sé si abrazaré más árboles este año, ni si a llorar al pie de uno. Pero sé que hay ramas que te sostienen cuando todo lo demás se cae.
Y que a veces, un árbol basta para creer que algo —aunque sea algo— sigue en pie.
Foto de prima prottasha en Unsplash



