Lunes, siete de la mañana. La bocina vieja de la escuela carraspea y vuelve a cantar distorsionada y cansada el himno nacional. Tengo frío y sueño. Debo pararme derecho, levantar el mentón y cantar con todas mis fuerzas la letra que la maestra me obligó a aprender “a la mala”, bajo la amenaza de dejarme sin recreo. Todo este esfuerzo porque ese pedazo de tela abandonará sus aposentos en la dirección para marchar triunfante por el patio.
A decir verdad, no sé bien lo que canto, pero a los adultos les provoca un sentimiento fuerte. Lo he visto en la tele cuando juegan fútbol: lloran, gritan y abrazan con amor el trapo de colores, como si le debieran la vida a su nación.
También he notado que mis primos del norte ya no lo cantan. Su papá les dijo que esta ya no es su tierra, que allá “puro inglés”. Ahora hasta se ríen de mí; dicen que tengo un nopal en la cara. Y sí, a veces me pica la frente, pero por más que me revise en el espejo no encuentro nada por ningún lado.
Mi papá intenta quitarme la pena con sus historias. Dice que antes se vivía mejor, alcanzaba el dinero para tener carro e, incluso, podían darse el lujo de conocer el mar. Pero cuando me cuenta esas cosas, me siento como en la casa de la abuela: en un lugar inmenso que vio tiempos mejores, pero del que ahora solo quedan paredes llenas de retratos mudos. Restos de un pasado que él extraña, pero que yo no puedo habitar. Al final, suspira —aunque las cosas cambien, hay que guardarle cariño a la tierra por lo que algún día nos dio—. Asegura que uno aprende a sobrevivir de recuerdos y a alimentarse de pura esperanza. Siempre me lo dice con su voz áspera, como si fuera un secreto. “Cuando crezcas, lo entenderás”.
Mi mamá, en cambio, piensa diferente. Ella dice que no ama a su país, sino a las personas que lo habitan, y que nomás por ellas no se ha hecho pájaro para irse lejos. Porque los abrazos no caben en la maleta, ni en las manos la tierra en la que creció. Pero admite que, por lo menos, las naciones sirven como refugio para compartir las mismas penas con los otros.
De pronto, la maestra me pide con señas que me pare recto, afine la voz y guarde respeto para recibir a la bandera. ¿Para qué tanto esfuerzo? Quizá mi papá tenga razón y, tal vez, cuando crezca lo entienda.



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