La nación es el consuelo de los tontos; ya lo dijo Rainer Maria Rilke: «En las cosas profundas e importantes estamos terriblemente solos.»
La ecuación es simple: nos cuentan que pertenecemos, que formamos parte del conjunto de habitantes de un país, que de aquí a allá es nuestro territorio. Pero luego vienen y nos quitan todo: la tierra primero y después la esperanza.
La noción de nación es una ficción.
No queda más
Ser parte de
Ser par
Ser
He elegido no comprar más la mentira (una resolución que me parece tardía y hasta ridícula): no iré a la guerra por un país como este, no prometeré a mis hijos (si los tengo) como hijos de la patria. Tendré mi propia nación y la construiré de a poco, con tres o cuatro pelados igual de decepcionados.
Pero luego me imagino en esa nación ficticia, en esos metros cuadrados que serán nuestro territorio –pocos, porque es para lo que alcanza–. ¿Y si uno de ellos declara la guerra en contra de su peor enemigo? ¿Y si ese enemigo soy yo?
Entonces, terminaré yendo a la guerra por la verdadera y única nación: la propia. Pelearé con uñas y dientes por ese territorio fértil que es mi alma.
Pelearé, pelearé, pelearé.
No queda más.
Sólo ser.
La nación es el consuelo de los tontos.
Foto de Jason Leung en Unsplash


