Si tuviera que narrar una historia, de todas las que tengo, escogería sin duda alguna la de ella.

Me pregunto el día, y no lo recuerdo. ¿La fecha exacta? No la conservo. Sólo sé que un día la vi, paseando por la alberca de mi antigua casa, cubierta por una felpa blanca color coco que hacía contraste con los azulejos turquesa del piso, tomando el sol como si estuviera cansada.
Parecía cansada de viajar, de su larga travesía por la costa occidental de África. Nacida en una de las civilizaciones que han marcado la historia: la mandinga, específicamente de Senegal, pero criada y enraizada en el corazón de la cuna de la humanidad, el Congo. Toda una conga negra, princesa de las dos tribus más importantes del continente.
Me acerco a ella, pregunto por su nombre y parece no escucharme, – ¿a quién busca? – voltea su cara y apelando a mi persona con sus rasgados y felinos ojos, parece no hablar con la voz sino con las ventanas del alma. Su alma. Su pequeña y frágil alma mandinga y africana.
Su pelaje brilla con el sol, pero la delgadez de su cuerpo me preocupa: parece un muñeco vudú con su interior marchito por el tiempo; manchas negras decoran su lomo y los cojines negros que protegen sus patas. Cuando la observo, me doy cuenta de que hay tres peculiares puntos en su nariz que al unirlos forman la constelación de Orión, esa misma que los marineros usaban de referencia para travesías atlánticas y que en algunas culturas asocian con el lugar donde moran sus ancestros o el camino de regreso… ¿de regreso a dónde?
Bien dicen por ahí que los que están destinados a encontrarse tarde o temprano encuentran la forma, el cómo, el pretexto… y ella fue el mío.
Tomo el valor de acercarme más de lo que debería, posando suavemente mis brazos en su peludo cuerpo, que al alzarlo contra el cielo azul desprende un olor a tabaco y ron, dejando caer al suelo hojas, polvo y cascarilla. Con voz firme y clara me dirijo a ella mirándola a los ojos:

¿Quién tú ere’, negra? ¿Quién te trajo a mí? ¿Qué son esas cosas que cargas? ¿En dónde pretendes vivir?

Me desorbita un grito que ensordece mis sentidos, y dejándola caer al suelo cual, si fueran caracoles, la respuesta a mi pregunta sin dudar me dio:

Contigo, con quién más hacerlo yo, tú me llamar, blanquita, y Nzambi escuchó,
Mama Kalunga cruzar yo, pa llegar akikí a ti desde Wánkila mama África yayo.
Somo’ o no somo’ digo yo, Abrikuto warindinga, abre oídos y escucha lo que decir tengo yo.
Ndundo soy, pa’ tu vida bendición, ángel que Nzambi manda pa’ makutare estoy.

Mandinga africana pero conga negra de enchila soy,
Salam Malekun, Malekum Salam.
Kutimba Mayalanga Ochoronga, así llamar yo.

Y así fue como llegó a mi vida, o eso es lo que quiero creer. Algunos dicen que es mentira, pero ella y yo conocemos la realidad. De todas mis historias, esta es la historia que más disfruto contar, la historia de mi hija, mi Kutimba, la gata que me escogió como su mamá.

Foto de Max Sandelin en Unsplash
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