Encontrar a Totoro fue, ante todo, una experiencia mágica. Era una fría noche de un 6 de enero cuando, al cruzar la puerta de mi hogar, sentí una presencia. Volteé y noté al otro lado de la calle una sombra que se movía. Vi una colita color café oscuro cruzar a toda velocidad en dirección hacia mi puerta. Por un momento, pensé que era un zorro por su cola tan peluda; sin embargo, no creí que en medio de la ciudad hubiera un animal silvestre vagando por ahí, así que me acerqué a la puerta de mi edificio y me asomé hacia la calle. Vi cómo esa sombra con cola lanuda pasó en frente de mí y se metió bajo un carro. Entonces me acerqué, me agaché y vi a un hermoso gato melenudo, flaquito, con una mirada tan tierna y un maullido tan suave y tímido. A veces, lo maravilloso se manifiesta así, sin anunciarse, irrumpiendo suavemente en la rutina para transformarla en un evento hermoso.
Lo encontré como se encuentran las cosas que están destinadas a quedarse, como si me estuviera esperando para encontrarme con él, como un regalo de los Reyes Magos. Era pequeño, vulnerable y desbordaba ternura. Al mirarlo, supe que no podía llamarse de otra manera más que Totoro. Para mí, es como el espíritu del bosque de la película Mi vecino Totoro que encarna la protección, la calma y la magia silenciosa de lo que acompaña sin imponerse. Nombrarlo así fue una forma de reconocer lo que ya era: un ser capaz de hacer habitable mi espacio, de volverlo hogar.
Rescatarlo no fue solo un acto protector, sino un encuentro. Desde entonces, Totoro se mueve con una serenidad y un agradecimiento que reconforta el alma. Hay en él una belleza suave, una magia discreta que no necesita explicaciones. Su presencia recuerda que lo extraordinario no siempre llega desde lejos o de maneras complicadas; a veces nace en la calle que recorremos todos los días, en la decisión de no mirar hacia otro lado, en un gesto de atención y de cuidar la vida.
Totoro es mágico porque existe, porque me acompaña, porque transforma lo común en momentos divertidos y en situaciones delirantes con sus travesuras. En su forma de habitar el mundo hay una lección muy valiosa: reconocer que la belleza también se rescata, y que, cuando se le da un nombre y un lugar, se puede cambiar para siempre la manera en que miramos lo que nos rodea.



