Tres esqueletos se hallan enterrados bajo mi casa: dos mujeres y un bebé. Al menos eso dijo la vecina. Aunque llevamos siete años viviendo aquí, apenas nos enteramos hace un par de meses. Nadie se molestó en advertirnos cuando compramos la casa; es un hecho tan recurrente que hasta resulta natural.
¿Por qué no notamos su presencia desde antes? Los dueños de los huesos pudieron manifestarse con alaridos nocturnos, luces prendidas inexplicablemente u objetos rotos violentamente. Al menos eso indicaría cualquier relato clásico de fantasmas. Tal vez no se aparecen porque este es su lugar predilecto para reposar; probablemente fueron enterrados en paz. Esta posibilidad convierte mi casa en un cementerio, en un camposanto que cuenta con una sola lápida sin nombres: el pavimento, nuestro suelo, su techo.
Pienso en otras alternativas para explicar su ausencia. ¿Y si nunca los he visto porque los fantasmas no existen? No, imposible. Todos los lugares están inevitablemente afantasmados con las marcas del tiempo, de las acciones, de los recuerdos. Esta explicación me angustia, ¿y si no aparecen porque no les caigo bien?, ¿qué tal que el cemento los asfixia?, ¿intentan manifestarse, pero no pueden?
Me entristece no percibir a mis cohabitantes, porque eso refuerza la invisibilidad metafórica otorgada a estas entidades sobrenaturales. El olvido y el abandono pretenden definir a los espectros; sin embargo, me niego a aceptar el primero, porque el espectro es la memoria misma: la dislocación del tiempo, el presente contaminado con el pasado y el futuro. Ambas definiciones les pertenecen al fantasma como al recuerdo. Así sólo queda la implicación del abandono, pero no quiero que mueran una segunda vez.
La respuesta podría ser un ritual de invocación, pero no tengo dotes mágicos. Ojalá baste con palabras de invitación, con las genuinas ganas de verlos y conocer sus historias. Quiero verlos. Aparezcan, por favor.
Extiendo este ruego a todo el archivo milenario de osamentas que yace repartido en los distintos estratos geológicos del mundo subterráneo. Intento comunicarme con los habitantes de la gran biblioteca de cadáveres, en distintos grados de descomposición, cuya extensión desconocemos. No sólo es el pavimento de mi casa ni el asfalto de la calle: todos vivimos en espacios góticos marcados por historias que sólo otros cuerpos pueden contarnos.


