“Si me voy
Nunca pienses jamás
Que es con el único fin
De estar lejos de ti”
La primera campanada me trae de vuelta a la sala. El eco metálico y majestuoso dibuja en todos una sonrisa, es una mezcla pura de nerviosismo y a la vez genuina felicidad. Luego viene un segundo repique, espaciado y preciso. Siento el frío del aire que entra por mi nariz como si quisiera limpiarme desde adentro.
Es extraño. Las campanas no suenan a medianoche, a excepción tal vez … Sí, eso tenía que ser. La voz del trío armoniza con el requinto. Su música se mece entre las ramas donde descansa la bocina pequeña del puntito rojo parpadeante. Si alguien observa desde el patio de los árboles de limón, justo frente a la entrada que da a la sala, contaría no más de veinte personas que con cada toque rescatan de un vasito de plástico una uva verde. Tenía que ser por eso, es Nochevieja. La música sigue, los repiques no paran.
La tercera y la cuarta campanada, decenas de flores blancas. Estamos juntos, está mi abuela que nos despide hermosa desde su retrato. La quinta y la sexta, esa tensión en los abrazos junto al féretro de exquisita madera. Redoblan festivas una tras otra las campanas de medianoche y es imposible resistir la emoción.
La séptima y la octava, la sombra del árbol frente a la barda. La novena, un puño de tierra. Nuestros ojos se encuentran entre ellos, contentos; estamos conmemorando el amor y recordando una vida. Las últimas tres campanadas celebran el año que acaba, el año que viene y a ella. La celebran a ella.
A mi abuela.



