¿Será posible explicar
la razón de lo sagrado
de esta época otoñal
que el x’pujuc consigo trajo?

Serán los cielos morados
que respaldan los atardeceres,
o los suspiros y los cantos
por anhelos aún pendientes.

Quizá porque los prados
se cubren de hojas y nueces,
o porque los enamorados
se juntan más tímidamente.

¿Y si son los resfriados,
a veces de cuerpo, a veces de mente,
que se curan sólo con abrazos
y besitos en la frente?

Seguro están involucrados
los altares resplandecientes,
repletos de dulces, retratos,
pan, ron y chocolate caliente.

Cuánto amor se necesita
en los tiempos presentes,
que pueden ir deshojando
hasta a las almas valientes.

O tal vez no importe tanto
saber del otoño la suerte,
pues no hace falta razón ni dato
para amar a una flor tan fuerte;
que resiste vientos helados
y soles incandescentes,
que guía a los antepasados
y devuelve ilusión a la gente.

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Gustavo Alejandro Lara Peraza
Nací en Mérida, Yucatán en el año 2001. Soy abogado por el CIDE y estudiante de Historia por la UNAM. Catador de tortas de cochinita y fan de Juan Luis Guerra.

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