¿Será posible explicar
la razón de lo sagrado
de esta época otoñal
que el x’pujuc consigo trajo?
Serán los cielos morados
que respaldan los atardeceres,
o los suspiros y los cantos
por anhelos aún pendientes.
Quizá porque los prados
se cubren de hojas y nueces,
o porque los enamorados
se juntan más tímidamente.
¿Y si son los resfriados,
a veces de cuerpo, a veces de mente,
que se curan sólo con abrazos
y besitos en la frente?
Seguro están involucrados
los altares resplandecientes,
repletos de dulces, retratos,
pan, ron y chocolate caliente.
Cuánto amor se necesita
en los tiempos presentes,
que pueden ir deshojando
hasta a las almas valientes.
O tal vez no importe tanto
saber del otoño la suerte,
pues no hace falta razón ni dato
para amar a una flor tan fuerte;
que resiste vientos helados
y soles incandescentes,
que guía a los antepasados
y devuelve ilusión a la gente.



