Le dicen que tiene buenas manos.
¿Y cómo no?,
si con ellas moldeó dos existencias.
Le dicen que sabe comprender.
¿Y cómo no?,
si siempre encuentra el tiempo para escuchar.
Con esas manos que me nutrieron
hoy apaga la sed de un árbol.
Más de doscientas personas cruzan a diario esa acera.
¿Todos cosecharon indiferencia,
o caminaban con los ojos cerrados?
¿Será que a ella le gusta ofrendar vida,
o será que a nosotros nos obsesiona la muerte?
Obligó a mi padre a acompañarla,
a sostener con ella la rama.
Alzaron su cuerpo vencido,
le arrancaron un brote,
le clavaron un sostén de esperanza,
le dieron de beber agua,
y entre ambos
sembraron empeño, cultivaron ternura.
Han pasado más de cinco años desde aquel día.
Y mi madre,
con sus manos que acarician,
su corazón que cobija
y su amor que rescata,
me enseñó
que incluso en lo marchito aún palpita la vida.
Hace más de cinco años aprendí a su lado
que cuando alzas lo caído,
cuando das agua y sostén,
cuando siembras ternura,
no rescatas un árbol:
rescatas la vida misma
que insiste en florecer.



