Nació a finales del siglo XX
y heredó el nombre de su bisabuelo.
En tanto habitante de Puebla,
presenció la pobreza
que lo hizo abandonar
su suelo natal, antes de que
se le condenara a una vida.
Llegó a la Ciudad, y no sabía
por qué: con su cabeza de dos años,
consideraba ese sitio su hogar.
Aprendió, como niño, a inspirarse
exclusivamente en lo positivo;
su inalterable extranjería
lo hizo tener un lenguaje peculiar,
sin forma, sin acento, y aun así,
concebía la cultura,
leía sus solemnes ponderaciones
sobre el futuro que le aguardaría.
Su historia de carne y hueso
a la Ciudad de papel se adhirió
como lo son sus recuerdos e ilusiones
en las fronteras temporales,
de conciencia ligera
y frívola transición.
Todo lo recordaba a su manera,
secreto que ardía y lo excluía
del mundo unánime,
cargando un sentimiento de culpa
que se volvió una enfermedad
compensada por la lucidez
que lo obligaba a recordar su patria.
Vendrá otro poeta,
sin saber cómo vivir, pero sabiendo,
en cambio, cómo morir.

