A ser violada; ¿mi miedo más grande?, sí, es ser violada. Esa fue mi respuesta a la pregunta que aparece en la convocatoria de este mes.

Sé que a los veintitrés debería preocuparme por cosas más simples; pero eso no pasa en mi país, eso no pasa en México, porque aquí nacer siendo mujer significa ser vulnerable y estar en riesgo toda tu vida. Hace una semana me despedí de mi mejor amiga antes de subir al metro, ella iba a caminar a tomar el camión para ir a su casa y siempre nos abrazamos antes de decirnos adiós, y en ese momento me di cuenta de que en México las mujeres no nos despedimos diciendo un simple ¡chao! O un: ¡nos vemos mañana!, porque no lo sabemos, no estamos seguras que para nosotras exista un mañana, por eso nosotras decimos: “con cuidado, me avisas cuando llegues a tu casa” y sí, yo siempre me aseguro que mis amigas y las mujeres que amo hayan llegado sanas y salvas y sí, la verdad es que siento un gran alivio cuando sé que están bien.

A nosotras nadie nos enseña qué es el miedo porque nacimos con él, crecimos con él y vivimos con él, hasta que un día el miedo se convierte en realidad, hasta que un día una de nosotras desaparece y hasta que un día la mamá de alguna de nosotras llora porque no contestamos el teléfono. En México el miedo es la realidad de todas las mujeres, no existe un espacio público en el que te sientas completamente segura, no hay un taxi en el que confíes para que te lleve a tu casa y no hay una calle por la que puedas caminar tranquila con tu falda nueva, eso no pasa en este país.

En realidad, vivo deseando todos los días no ser una de las nueve mujeres que son asesinadas a diario en México y, en realidad, el ser violada no es mi único miedo, resulta que tengo un montón, porque si hay algo me ha enseñado mi país es a temer, no me ha enseñado a ser libre o a ser feliz o a soñar con un gran futuro, este país me ha enseñado a tener miedo y el tener miedo me ha obligado a cuidarme, porque la verdad es que aquí no hay libertad. Y si hablamos del derecho a ser libres, a caminar por las calles a cualquier hora y a no ser violentada cada tres pasos, entonces deberíamos hablar también de la falta de mecanismos y acciones gubernamentales para protegernos. Aceptemos que la violencia y la inseguridad son problemas estructurales que permean y están presentes en todos los niveles e institucionales, tanto locales como federales, aceptemos que México es un país machista y misógino, y que de eso no se dude, ¡jamás!

Pero tampoco dudemos que la libertad y la seguridad son un derecho, y yo y todas las mujeres de este país tenemos derecho a vivir, y a vivir siendo libres, a vivir portando vestidos y faldas y a vivir sintiéndonos seguras. En lugar de eso tenemos miedo, yo en particular, tengo miedo a que mi cuerpo lo tiren en una de las miles de fosas que hay en todo el país y que en las noticias al día siguiente digan: “Yutzin estaba apunto de titularse y soñaba con seguir sus estudios en el extranjero”, porque casualmente hace poco por la radio así describían a una estudiante más que había desaparecido. Si esto me pasa, sé que si un día mi mayor miedo se cumple, sé que por el grado de impunidad, la ineficiencia de las instancias públicas y la casi inexistencia de un Estado de derecho, es seguro que nunca sepan quién me violó y decidió tirar mi cuerpo por allí en algún lugar donde nadie pueda encontrarme, o tal vez, si lo llegarán a saber, él resulte libre, porque así es mi país; y ahora me doy cuenta que en realidad a lo que le tengo miedo es a ser mujer en México.

Y ante todo esto, sé también que no estoy sola, sé que mi miedo es un miedo compartido en una colectividad y que crece cada día; por desgracia este miedo no termina cuando enciendo la luz de mi cuarto porque mi miedo no es un mal sueño, mi miedo es mi realidad. Pero ante los miedos, ante los miedos reales hay miles de guerreras, hay miles de mujeres que me acompañan y me protegen y nunca se cansarán de luchar para que un día todas podamos vivir libres, sí, ¡libres!