Negocios raros



Hasta lueguito

Autor Antonio Ortuño



Hace algo así como año y medio fui invitado por la Revista de la Universidad para abrir un espacio acá, en su página digital. Un blog, una columna, una habitación cómoda: como ustedes prefieran llamarlo. La idea era atractiva en extremo: libertad absoluta para escribir con periodicidad sobre el tema que me pegara la gana y en el tono que mejor quisiera hacerlo. Por supuesto que acepté de inmediato. Le puse al espacio un nombre en homenaje a G.K. Chesterton, uno de mis autores dilectos, cuyo “El club de los negocios raros” sigue siendo, más de treinta años después de leído por vez primera, uno de mis libros preferidos del mundo.

Me divertí como enano acá. Hablé sobre temas que no están en la portada de la agenda pública pero que le interesan a la gente que, como yo, se pasea entre la realidad contante y sonante y esas otras realidades que nos hacen vislumbrar el arte y el pensamiento. Me reí de nuestros modos y preocupaciones digitales, literarias y humanas. Me quedé más o menos mudo (y me costó un horror escribir) ante el espectáculo de la hermosura de Roma o el incendio de Notre Dame.

Durante este tiempo me mudé a Berlín y, dueño de mi tiempo como no lo era desde hacía decenios, pude pasear y visitar lugares, países, ciudades que para mí eran novedosas del todo, o apenas habían sido añoradas en lecturas y tardes ya muy lejanas.

Por otro lado, al escribir de planta en un proyecto de la UNAM, le di a mi padre, que es puma, universitario y reverenciador del Goya-Goya y que nunca entendió por qué yo no lo fuera (lo acepto: soy tapatío, chiva y un fuereño en esta casa), la única alegría que le he dado en la vida. “Pues mi hijo escribe en la Revista de la Universidad”, les decía a sus amigos de la residencia de ancianos. Y se le engolaba la voz.

Algo así como sesenta y dos artículos después, este espacio se cierra hoy. No por una causa específica, sino porque las cosas, me parece, hay que dejarlas cuando van bien, antes de que se conviertan en piedras en la espalda. Así, la felicidad con que escribí estos textos juguetones será siempre perfecta. Pero, bueno, hay que ser realista. Tengo una vida real, proyectos que necesitan que me concentre en ellos y empleos que solventar y esto, me temo, se volvió incompatible con el mantenimiento necesario de este peculiar jardín.

Agradezco a la directora de esta revista, la gran Guadalupe Nettel, y a mi editora, la gran Yael Weiss, por estos meses de hospitalidad. Y para los amables y queridos lectores, un saludo y una aclaración: esto, claro, no es una despedida. Nos leeremos en libros, en las redes y, claro, acá mismo, en otros momentos y espacios de la Revista de la Universidad.

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