Negocios raros



Arte de la fila

Autor Antonio Ortuño



Un lector, al que llamaremos Macario para conservar en secrecía su nombre, como solicita, me escribe al Facebook para señalarme que este espacio ha destacado por “plantear problemáticas pero no soluciones constructivas para ellas”. Lo acepto, Macario. Supongo que esto sucede porque es más sencillo quejarse de una bestialidad que remediarla. Y como agregas que te gustaría leerme el elogio de alguna práctica social, trataré de complacerte con esta celebración de las habilidades que tenemos los mexicanos para hacer filas.

Lo primero es reconocer que somos selectivos para hacerlas. Por ejemplo, nunca nos ha resultado necesaria una fila en las paradas de camión en la que se respete el orden de llegada, porque con ella se perdería la amena costumbre de apelotonarse frente a las puertas abiertas de la unidad, darse de empujones y desplazar a codazos de nuestro camino a señoras embarazadas, viejecitos y damas púdicas.

Sin embargo, cuando nos vemos obligados a formarnos, hay que reconocer que lo hacemos muy bien. Por ejemplo, ante las ventanillas de un banco. Para que el montaje sea perfecto, bastan dos tipos de clientes: los que tienen mucha prisa y bufan todo el tiempo y los que van a hacer los pagos de toda una oficina de holgazanes y llevan consigo una bolsita de cuero con decenas de paquetitos con facturas y billetitos sujetos por un clip para liquidarlas. Es indispensable que estas personas queden en los primeros lugares de la fila, porque de otro modo ésta podría avanzar. Y el avance de la fila representa su desaparición, que es algo que no debemos permitir. Así que si somos el gerente de un banco, es necesario disponer que sólo dos ventanillas estén abiertas (de cinco posibles) y que en ambas se aplasten durante horas sendos pagadores colectivos, con sus bolsitas de cuero y su pila de documentos.

Este esquema es tan exitoso que se ha exportado a los supermercados: si uno sólo va a pagar unos cigarros, puede estar seguro que las únicas cajas abiertas estarán copadas por parejas que llevan enseres y víveres como para apertrechar el Arca de Noé y que, además, piensan pagarlos con una combinación de efectivo, vales, tarjetas, cupones de descuento y alegatos varios sobre el precio de los artículos.

Alguien me dirá que para eso se inventaron las cajas rápidas. Claro: allí solamente se forman los que piensan que pueden hacer pasar quince artículos como si fueran los cinco permitidos y que, al ser descubiertos, se indignan, mandan llamar al gerente y arman un alboroto.

Pero todo se compensa porque otra de nuestras especialidades es producir mártires: individuos misteriosos que, por decenas, hacen filas de una hora y, al llegar a la caja, se enteran con resignación de que allí no pagan cheques al portador (ni dan la visa si no se traen los documentos adecuados, ni dan una carta de policía sin llevar encima la credencial de elector o el comprobante de domicilio) y se van de regreso a casa, valientes, sin un gesto, con la cabeza en alto.
Ellos demuestran que nuestro amor por las filas es puro y desinteresado.