Negocios raros



Quedarse helado

Autor Antonio Ortuño



Amaneció, hoy, a tres grados centígrados bajo cero. La aplicación telefónica que me informa el clima diario agrega otro dato: que la sensación térmica es de menos siete. No soy persona de fríos (allá en casa uso chamarra si la temperatura ambiente baja de dieciséis), así que estas perspectivas me deprimen. A mis perros, sin embargo, parece que nada puede detenerlos y me lloran para que los saque a dar su paseo matinal. Hay que envolverlos antes en un par de suéteres caninos, con cierres de velcro. Y ponerse uno encima un gorro (mejor dos gorros), guantes, playera térmica, playera normal, sudadera, chamarra con interior de plumas y chamarra superior impermeable, por si luego llovizna o nieva. Y zapatos con plantillas aislantes. Y pantalones térmicos bajo de los pantalones de mezclilla. Eso significa que salir implica una preparación previa de unos diez minutos, aderezada por los lamentos y ladridos impacientes de los perros.

Y uno sale, al fin, y el aire le rasura los pómulos mejor que el rastrillo que guardamos en el espejo del baño. El lago cerca de casa está, claro, helado, con una capa aún delgada pero ya sin rastro de charcos ni agujeros. En una semana o dos, me dicen, incluso podrá patinarse allí, cuando el hielo se endurezca lo suficiente. Entretanto hay que mantenerse alejado y mantener a raya a los perros, no vaya a ser que acaben, los pobres, como paletas de La Michoacana.

El cielo de Berlín está despejado. Hasta hay una lengua de sol por allí, que no calienta nada pero cuando menos da un poco de luz que se agradece. Respira uno y es como si se estuviera fumando una pipa. El aire en torno a la cara se llena de vapor. Ahora mismo, el interior de la nevera de casa está más caliente que la calle. La nevera está a dos grados y afuera, lo dije ya, está menos tres. La cerveza, en el invierno alemán, se enfría sacándola al balcón.

“Uy, y esto no es nada”, me dicen los locales con cierta arrogancia. Ellos, claro, han visto peores eneros que este. Hablan de mañanas negras, con medio metro de nieve en la calle, en las que mejor es quedarse en casa y aguantar el llanto y los gemidos de los perros porque afuera reina un clima digno de Plutón, el último planeta del Sistema Solar. “Ahorita nomás está fresco. Para febrero no vas a querer saber de nada. Estarás encerrado, con la calefacción al máximo”. Yo los oigo y me desmoralizo. Ya no sé qué más ponerme encima. Si el frío empeora tendré que eviscerar un caballo y meterme dentro, como DiCaprio en The Revenant (o Luke Skywalker en The Empire Strikes Back). Lo único que se antoja es meterse a la cama, prepararse un café y leer a Isaak Dinesen.

Y regresa uno a la casa, cuando los perros finalmente lo permiten, y comete el error de leer las noticias. Y se entera de la explosión de Hidalgo y encuentra luego, en las redes, los chistes y las risotadas de los asnos que festejan que unas personas se calcinen. El frío que se siente en la espina es peor que el de la calle.