Negocios raros



Bien vale una misa (carta de París)

Autor Antonio Ortuño



Escribir sobre París tiene algo de cándido. Es agregarle un buche de agua al océano. Todo lo que uno apunte ya lo dijeron antes, y mejor, los franceses (a quienes les encanta hablar sobre sí mismos y son unos artistas para hacerlo), y también la multitud de ilustres viajeros, visitantes, residentes y reincidentes de París.

Aún así, la enormidad de esta ciudad-mito permite que, igual que los turistas se arraciman y se incrustan unos sobre otros en calles, museos, panteones y parajes en general, llegue uno nomás y sugiera, por ejemplo, que París es hermosa pero también insufrible. Y que es una lata que la Humanidad parezca empeñada en destruirla de tanto insistir en que la quiere. Los más de cuarenta millones de visitantes que tuvo la urbe en 2017 no solo ayudaron a dejar delgados como oblea los escalones de mármol del Louvre, sino que dejaron a los locales al borde del agotamiento. Hagan cuentas: en el área metropolitana de París viven doce millones de personas, lo que viene a dar más de tres turistas anuales por cabeza…

Al Louvre se llega en la línea 1 del metro, que corre paralela al Sena y conduce a buena parte de las principales atracciones para los foráneos: Notre Dame, los Campos Elíseos, Las Tullerías, el Barrio Latino, la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo y demás. Este metro tiene la peculiaridad de carecer de conductor (la tecnología del manejo automatizado se la compraron las autoridades a unos chinos, me informan) y de contar con unas compuertas transparentes en las estaciones, que se abren y cierran en simultáneo con las puertas de los vagones, y que impiden que alguien salte a las vías o le jueguen la mala pasada de empujarlo a ellas, porque no habrá pie humano que pise el freno para que no acabe aplastado… La otra peculiaridad es que, claro, los trenes sin conductor no se ponen en huelga y esto es muy popular en esta ciudad: los parisinos le temen a los paros del transporte más que al infierno, porque causan un caos y los dejan en manos de los taxistas (una raza arruinada para siempre por los caprichos y el dinero de los turistas ricachones). A la vez, el sentimiento es muestra de que las conquistas obreras básicas, como el derecho a huelga, ya les parecen reliquias del pasado. “El problema es que la capacidad de los servicios es buena pero está rebasada por los turistas”, me dice un francés que no tiene un pelo de xenofóbico.

El metro deja en el mismísimo Louvre. O casi, porque entre que uno se baja del vagón y llega a la entrada del museo, hay que cruzar quinientos metros de tiendas de souvenires caras y repletas de coreanos ceñudos, mexicanos con carota de funcionarios virreinales, rusos vestidos como raperos con daltonismo…. A pesar de que el Louvre es tan grande que resulta casi inabarcable, cada obra maestra de las muchas que allí se exhiben es fácil de encontrar. Primero, porque en el museo tienen colgados cartelitos por todos lados que indican dónde quedan la Mona Lisa, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia o “La libertad guiando al pueblo”. Segundo, porque cada una de ellas está rodeada, segundo a segundo, por una marea humana que resulta imposible de pasar por alto: deben de quedar, por ejemplo, ya pocos chinos que no tengan una selfie enfrente de la Gioconda. En cambio, cuadros y esculturas increíbles, pero que no salen en las listas de “cinco cosas imperdibles para ver en el Louvre” de los sitios web para milenials, están absolutamente abandonadas.

Las calles son un encimadero. En Montmartre, a los pies del Sagrado Corazón, están instalados los últimos estafadores del “dónde quedó la bolita” del mundo occidental y hay turistas que caen en el garlito, encantados, con tal de decir que fueron timados en París. El barrio en sí es hermoso pero está, como el resto de la ciudad, colapsado por la profusión barroca de visitantes. Uno se da cuenta de que por ahí vivió Van Gogh (hay una plaquita en su casa) solo si los doscientos japoneses que toman videos y fotos se quitan en algún momento de la fachada antes de que lleguen los doscientos mongoles, australianos o chilenos. Las galerías que aún sobreviven y no fueron convertidas en restaurantes caza-incautos (si uno pide solo un café lo echan porque lo que quieren es que se siente un gringo y se pida una botella de champaña) están llenas de cuadritos que imitan, citan o al menos evocan las viejas glorias modernistas y vanguardistas. Puro recuerdito, pues.

A la vez, ahí sigue la Eiffel, tan campante, y ahí sigue la historia descomunal de esta cultura insuperable retratada en cada puente, fachada, esquina y alcantarilla (Boris Vian las veía sonreír, como gatos hambrientos que se comieron un ratón).

La mejor teoría de París la escucho, la última noche de mi viaje, en boca de una señora de Pánuco, Veracruz, con la que coincido en una cena: “Esto nos gusta porque uno aquí es, de nuevo, como el chamaco que va a la ciudad la primera vez y todo le parece grandote y perfecto. Y a esta edad, eso está cabrón”. Los comensales reunidos, mexicanos todos, la escuchamos con respeto emocionado. Lo malo es que acto seguido, la mujer arruina el momento, porque se quiere poner a cantar “La Vie en Rose”, le da el ahogo y se le sale el trago de champaña por las narices.

Otra víctima del amor a París.

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