Negocios raros



El pato y el doctor

Autor Antonio Ortuño



Hace unas semanas, unos conocidos me refirieron los pormenores de la fundación del primer doctorado en escritura creativa impartido en lengua española en todo el sistema universitario gringo, que está encabezado por la gran Cristina Rivera Garza. Doy por sentado que será buenísimo y tengo confianza en que de allí saldrán autores muy interesantes, como ya ha sucedido, desde hace años, a partir del trabajo de ciertos programas precursores con nivel de maestrías.

Quizá, ya que estamos en esto, sea un buen momento para reconocer que, en abstracto, soy escéptico ante la idea de que la escritura literaria pueda ser enseñada tal y como, por ejemplo, se enseña a investigar el mapa del genoma humano. ¿Pero quién soy yo —que me he salido de todas las escuelas que he podido, del catecismo en adelante, incluso cuando he sido el profesor, con tal de no permanecer dentro de los muros de un aula—, para cuestionar los alcances de la academia bien ejercida? Hay batallas que uno debe perder por mera elegancia y esta es una de ellas. No se me dio ser académico (primero me hago minero o astronauta, la verdad) pero tampoco puedo dudar que otros hayan sido sinceramente llamados por ese camino y lo hagan muy bien. Aunque no puedo dejar de pensar en que me voy a sonreír, aunque sea un poco, el día en que alguien me afirme, altivo como un faraón: “Pues pasa que yo soy doctor en escritura creativa y te digo que este hiperbaton combina súper bien con mi uso del lenguaje popular en el contexto del segundo falso narrador planteado en mi relato”.

Tampoco quiero entrar aquí en la discusión de si las ciencias humanas y sociales son ciencias “de verdad”, y no una suerte de hermanas bien conservadas de la astrología o la frenología, es decir, de disciplinas incapaces de comprobar científicamente y a cabalidad lo que afirman, pero que en el papel son complejísimas y casi totalmente herméticas para los no iniciados, que han dado pie a la escritura de verdaderas bibliotecas de análisis y contra análisis, y que son, desde luego, puras patrañas. Afirmar algo así sería suicida, porque equivaldría a echar por la borda una tercera parte de las lecturas de mi vida, al bote un tercio de mi biblioteca personal y a quedar como un talibán de la “ciencia pura” o, peor, como un oscurantista. Así que dejaré de lado el tema de la academia y las letras. Hablaré un poco, en cambio, de un tipo de pedagogía muy diferente a la que se ejerce, con todo el rigor cientificista posible, en la academia, y que se encarna en los talleres literarios.

Un taller no pretende hacer academia, propiamente dicha, aunque algunos de ellos se reputen como “espacios de investigación” (esto suele depender de la capacidad del tallerista para conseguir que sus alumnos publiquen en otro sitio que no sea un blog: si solamente hay blog a mano, se le llama “espacio de investigación” a la renuncia explícita al compromiso, por lo menos hipotético, de apoyar la publicación de cualquier texto más allá del blog/bote de la basura). La academia utiliza herramientas críticas para afinar su capacidad de escudriñar un texto, pero el taller común le apuesta a algo que es más parecido a ese tipo de enseñanza conocida en la actualidad como “técnica”, y que antes era llamada “aprender un oficio”. Es decir, parte del postulado de que la literatura es una pieza de madera y el asistente que paga su mensualidad es un sujeto que quiere aprender a tallarla (la imagen funciona igual con ejemplos de peluquería, repostería o albañilería).

La idea básica de un taller es que el alumno reciba una instrucción práctica y amena, alejada de los formalismos del aula universitaria. El método varía pero podría resumirse en estos puntos:

1. El tallerista da bases teórico/prácticas sobre cierto tipo de escritura en torno a la cual se organiza su curso. Pueden ser generalidades sobre poesía, cuento, novela, ensayo o algo más específico. Algo, como dicen los que venden seguros, “de nicho”: taller de poesía erótica; taller de relato fantástico; taller de ensayo autobiográfico, etcétera.

2. El tallerista recomienda (o impone) ciertas lecturas ilustrativas para apuntalar sus dichos. Estas pueden ser libros o textos enteros o, en caso contrario, puros fragmentos, lo que suele ocurrir cuando hay poco tiempo disponible, o los alumnos no soy muy brillantes (abunda la gente que no quiere leer pero sí escribir). O cuando el tallerista es, a su vez, alumno de alguien más y no se ha leído cinco libros completos en la vida, pero tiene muchos pdf de “selecciones” en el disco duro.

3. Si los alumnos no saben ni cómo escribir bien su nombre, el tallerista puede sugerir (o imponer) ejercicios para que desarrollen su creatividad. Por ejemplo, que salgan, den una vuelta a la manzana y consignen lo que vieron. O se sienten a escuchar los diálogos que se digan en la mesa de al lado, en un café, y transcriban los más interesantes. O imaginen “continuaciones” de obras cumbres (por ejemplo, La venganza del otro hijo de Pedro Páramo). Vaya, cualquier cosa que “dispare” las ideas.

4. Si los alumnos ya comprenden los rudimentos del arte, el tallerista puede dedicarse a analizar, con ayuda del resto, los avances de los textos que se le vayan presentando. Si es muy holgazán, dejará que los asistentes se despedacen entre sí y se limitará a decir que todo es “válido” (el texto, la crítica y las galletitas que uno de los muchachos hornea cada semana para la sesión correspondiente). Si es autoritario, se alzará como el locutor central y el árbitro de todas las contiendas.

Puesto de esta forma, parece dudoso que de esos esquemas salte algún autor brillante. Pero sucede. Y, dicho con toda sinceridad, en una proporción que no es menor a la de los autores que proceden de la academia.

Aunque, claro, la preeminencia la tiene el enorme campo de los autodidactas, del que ha salido, en realidad, la inmensa mayoría de los escritores en la historia de la humanidad. Esos autodidactas de los que uno que es doctor en letras (y que ahora anda acusado de abusos), decía: “Los escritores sin grados, los marca patito”. Pues sí, salvajes y silvestres. Como los patos.

Cuac.